El fracking en México: patadas de ahogado de la industria de los hidrocarburos

El 9 de abril, durante la conferencia mañanera desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum defendió el uso del fracking para la explotación de gas en México. Esta postura contradice radicalmente sus declaraciones de campaña cuando rechazó tajantemente el impulso del fracking o las de marzo de 2015, cuando afirmaba que ‘la privatización del agua para cumplir con las necesidades del fracking es perversa’. Este cambio tan radical refleja las presiones del contexto internacional y el temor a los efectos que el conflicto entre Estados Unidos e Irán, que ha impactado en los precios del gas y petróleo por el cierre del estrecho de Ormuz donde circula el 20% del gas y petróleo que se consume a nivel mundial.

Escrito por Freddy Fernandez, Proyecto por una Internacional Revolucionaria Marxista en México.

El fracking, o la fracturación hidráulica, es el segundo método más usado a nivel global para explotar reservas de gas natural. A diferencia de pozos convencionales, que requieren la presencia de depósitos subterráneos, ya sea en conjunto con otros hidrocarburos o en yacimientos de rocas porosas, el fracking se obtiene de micro depósitos de gas natural atrapado en yacimientos de lajas de lutita o “shale”. Esta diferencia es clave, ya que tanto el método para extraerlo o refinarlo lo convierte en una de las peores formas de explotar hidrocarburos. Para lograr fracturar estos depósitos, el fracking requiere de cantidades enormes de agua para inyectar presiones descomunales a los yacimientos, romper los micro depósitos y extraer el gas. Se requieren más de 5 litros de agua para extraer apenas 1 kilogramo de gas natural, esto hace este modelo de explotación increíblemente ineficiente. Además de gas, cada litro de agua que se usa para el fracking regresa de los pozos cargado de impurezas, con minerales pesados disueltos en ella y con otros residuos de hidrocarburos que la vuelven muy costosa de tratar. Esta agua es almacenada en grandes tanques de evaporación donde muchos compuestos dañinos para la salud se volatilizan y entran en la atmósfera, y donde los residuos penetran el suelo y se infiltran en depósitos acuíferos donde el agua se envenena. 

Aunque el pasado 15 de abril, la presidenta planteó la formación de un grupo de académicos para analizar la posibilidad de explotar fuentes ‘no convencionales’ de gas con bajo impacto ambiental no se puede hablar de una “explotación de fracking ambientalmente sustentable”.  Por una parte, es clara la especulación financiera detrás del aumento de los precios del gas y petróleo a nivel mundial, que ha sido denunciado en los medios internacionales. Sin mencionar que mientras las ganancias son acaparadas por unos pocos, se ‘externalizan’ los costos hacia la clase trabajadora justamente en la catástrofe ambiental que ocasiona esta explotación. Es la clase trabajadora en su conjunto la que termina pagando al triple la explotación del fracking, quienes nos vemos afectados por la contaminación ambiental que agrava los efectos de los gases invernadero en la atmósfera y empeora la calidad del aire, las tierras donde se infiltran los minerales que se extraen con el fracking son envenenadas, y las cuencas y los mantos acuíferos se llenan de residuos de hidrocarburos. En la actualidad no existe un solo método de explotación por fracking que no afecte profundamente el medio ambiente donde se realiza ni que no pase su factura a la sociedad a través del daño ambiental. Esto sin mencionar que también presenta un riesgo real muchísimo más extenso al inducir mayores grados de actividad sísmica y desplazamientos de capas sedimentarias en el subsuelo. 

Patadas de ahogado de la industria de los hidrocarburos

El fracking es una opción ineficiente, de bajo rendimiento y profundamente dañina para explotar hidrocarburos, ¿para qué usarla entonces? La intención de la presidenta Claudia Sheinbaum responde a las presiones causadas por la inflación derivada de los efectos del cierre del estrecho de Ormuz y la especulación sobre los precios del petróleo que ello ha ocasionado. Es decir, es un intento desesperado para controlar la inflación causada por la especulación de los financieros del mundo que han lucrado con el conflicto entre Estados Unidos e Irán. 

La industria energética mexicana depende en gran medida del gas natural importado desde EEUU que también es explotado por fracking. Además, la medida sirve como paliativo a mediano plazo para reactivar la industria energética en el norte de México donde existen estos depósitos de shale. Región que se ha visto afectada por la crisis de AHMSA (ver Una hoja sin filo: la crisis sindical de AHMSA) y la guerra comercial de Donald Trump, exacerbada por la crisis energética que ha desatado el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita el 25% de todo el gas natural licuado del mundo (ver Los iraníes sufren entre las bombas de los imperialistas y las balas …). 

Si bien sí existe un argumento que hacer por la soberanía energética nacional, un plan nacional de electrificación solar y eólica masiva sigue fuera de la agenda política. A cambio, explotar yacimientos pobres de hidrocarburos sólo significa la perpetuación de la industria de hidrocarburos, una que difícilmente llevará a la soberanía energética. El fracking y la explotación de arenas bituminosas son las patadas de ahogado de la industria de hidrocarburos internacional, una industria que nos arrastra hacia los incentivos de la guerra y una catástrofe climática mundial sin precedentes. 

Además de que existe el riesgo de que su implementación impulse el despojo de las comunidades que viven en esos territorios, desplazando y precarizando aún más a cientos de familias. Y que esta iniciativa de explotación de hidrocarburos viole los protocolos establecidos en los Acuerdos de Escazú firmados en 2021, dejando sin voz ni voto a las poblaciones que serán afectadas por su implementación. Cederle concesiones a la industria de los hidrocarburos y los capitalistas del petróleo solo nos acerca cada día más a la catástrofe ambiental que se avecina. 

Ante ello, la salida no es el impulso del despojo y los daños ambientales que causa el fracking sino el impulso de nuevas tecnologías y energías más limpias con el medio ambiente. Lo que requiere aumentar la inversión en educación, ciencia y tecnología para la investigación en esos y otros rubros. Para ello, se requiere el impulso de una reforma fiscal que grave las grandes fortunas, a los especuladores y rentistas para incrementar la recaudación de recursos públicos en beneficio de la mayoría del pueblo trabajador. Hasta que la administración de los recursos naturales quede en manos de quienes pagan los platos rotos de la crisis climática, en una sociedad socialista, no habrá justicia ambiental para la clase trabajadora.