La reorganización de la lucha en las calles contra la derecha y la burguesía
En todo el país, las protestas sociales y las agrupaciones populares emergen y se diluyen mientras analistas y medios reducen su éxito o fracaso como consecuencia de la “apatía social”. Ignorando que toda lucha surge de condiciones materiales concretas y triunfa con las experiencias organizativas que adquiere la clase trabajadora, la juventud, las mujeres y los oprimidos. Desde los ferrocarrileros en 1958 hasta los maestros de la CNTE, la historia muestra que los movimientos que perduran son aquellos que construyen herramientas concretas de poder como sindicatos con fondos de resistencia, partidos, redes de abasto, asambleas, frentes y medios alternativos de comunicación. Hoy, ante la perspectiva de una nueva crisis global y gobiernos progresistas que enfrentan los límites de la política reformista, o la clase trabajadora reconstruye sus trincheras de lucha, o seguiremos pagando los platos rotos del capitalismo. A diferencia de los análisis morales y cínicos, las y los socialistas no perdemos de vista nuestra orientación en la lucha de clases y nuestra confianza en la lucha de las mujeres, la juventud y la clase trabajadora, reconociendo los límites del reformismo pero también denunciando a la derecha y a la burguesía sin abrir campo para el regreso de su agenda reaccionaria.
Escrito por Freddy Fernandez, Alternativa Socialista México (PIRM en México)
En México las calles son testigos de protestas que estallaron y otras que se apagan, aunque los medios insisten en explicarlas desde una “apatía social” abstracta o la “resistencia espontánea”, ignorando que el éxito o fracaso de un movimiento político no depende sólo del ánimo de la gente, sino de condiciones materiales como la organización previa, la represión institucional, los recursos disponibles y la capacidad de articularse con luchas más amplias. No es un problema de voluntades, sino de herramientas colectivas y correlación de fuerzas. Romper con el mito de la pasividad implica reconocer que la desorganización no es un defecto moral de nuestra clase, sino una estrategia cultivada por la clase dominante para fragmentar, aislar, dividir y debilitar a quienes luchan.
El mito de la “apatía social” cumple el papel ideológico de trasladar la responsabilidad del fracaso de las luchas al pueblo trabajador mismo. No es suficiente simplemente voltear de cabeza la teoría del gran hombre que atribuye los cambios históricos a individuos excepcionales para en su lugar culpar a “las grandes masas sin voluntad”, ignorando que la conciencia de clase no nace espontáneamente, sino mediante las experiencias cotidianas de opresión y la prácticas populares de organización en lugares de trabajo y de estudio, partidos políticos y en barrios y vecindades. Hacer esto solo reduce la discusión sobre por qué algunas protestas resultan más o menos efectivas, se reduce a un sermón moral: si la sociedad no cambia, no es por falta de organización, sino porque nos faltan valores éticos. Esta es una narrativa conveniente al sistema porque oculta lo esencial, que la efectividad de las luchas sociales no está determinada por la pureza moral de las y los trabajadores ni sus voluntades, sino por su capacidad para romper el aislamiento, construir alianzas con otros sectores de los oprimidos y enfrentar la maquinaria del poder político y económico de la clase dominante. Lo que en México es generalmente llamado “apatía social” es, en realidad, el resultado de décadas de desarticulación sistemática de las herramientas de lucha durante más de treinta años como consecuencia de la represión del Estado pero también la desmoralización y desorientación ideológica de los sectores avanzados del pueblo trabajador. En particular la renuncia de los sindicatos y los partidos de masas al marxismo y al socialismo como horizonte de emancipación del capitalismo, y al internacionalismo como orientación estratégica. Limitándose en el mejor de los casos a contener o amortiguar la ofensiva capitalista del neoliberalismo.
Además de las condiciones materiales, los factores subjetivos juegan un rol clave. La rabia convertida en consignas, la creatividad en la propaganda o la identidad combativa cambian el sentido de la lucha, el porqué luchar. Las expresiones de insurgencia obrera, campesina y juvenil de los años 60 y 70, desde las huelgas industriales hasta las luchas estudiantiles por la autonomía universitaria, muestran cómo los factores subjetivos dieron vitalidad y sentido a las movilizaciones. Ahora, en el México actual, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en 2018 y el hecho de que el país tenga por primera vez una mujer presidenta han cambiado profundamente el sentido de hacer política en el país. Por primera vez en décadas amplios sectores populares, jóvenes y mujeres se reconocen como actores legítimos del cambio, y los símbolos de poder en el lenguaje, los referentes morales y los sujetos del discurso público ya no son monopolio de las élites políticas. Sin embargo, esa transformación en la percepción colectiva no se ha traducido en un cambio profundo en cómo opera el poder político en nuestro país. Aunque la correlación de fuerzas entre las clases es por mucho diferente antes y después de 2018, el Estado, sus mecanismos de negociación interclasista y su dependencia del capital siguen intactos. México ha cambiado el modo de imaginar la política, pero no el modo en que el poder se ejerce. Por eso aunque los factores subjetivos hayan cambiado radicalmente, ningún elemento simbólico por sí mismo basta para cambiar la realidad, sin organización que canalice el descontento, y sin un programa claro, la fuerza y los discursos se agotan en descontento y conquistas efímeras.
El éxito de numerosas luchas obreras y estudiantiles en los 70 y 80, como la del Frente Popular de Zacatecas, los campesinos de Chiapas y Guerrero, y el movimiento estudiantil nos enseña que los movimientos que trascienden el descontento son aquellos que construyen órganos de poder capaces de sostener la lucha, discutir programas y garantizar la participación democrática y representación plena de sus participantes. Por ejemplo, durante la huelga de CINSA-CIFUNSA el Frente Auténtico del Trabajo (FAT) aportó lo que ningún discurso por sí solo podía: asesoría legal, fondos de huelga y vínculos con el movimiento obrero nacional, que permitieron sostener e impulsar la huelga más allá de una empresa, desafiando no sólo a la patronal sino al conjunto de la burguesía.
Desde la lucha de los mineros de Nueva Rosita en los 60 hasta los electricistas del SME en el 2009, pasando por los estudiantes del 68, se repiten las lecciones de que sin sindicatos con cajas de resistencia, sin redes de abasto para largas huelgas, sin medios alternativos para romper el cerco informativo y sin una dirección formada y decidida de llevar la lucha hasta el final, incluso las movilizaciones más combativas terminan siendo derrotadas. La construcción paciente de organización popular durante estos procesos fue lo que permitió a los ferrocarrileros paralizar el país en 1958 o a los maestros de la CNTE mantener plantones por décadas. Una capacidad demostrada por los soviets de la revolución de octubre, los consejos obreros revolucionarios españoles o los cordones industriales chilenos en 1970. La pregunta relevante es si en cualquier lugar del país reina la apatía o no, sino cómo recomponer, a escala nacional, las armas de la clase trabajadora que la burguesía se ha encargado de destruir.
Así como en los 70 y 80 la clase trabajadora logró articular luchas dispersas en frentes amplios, hoy la tarea es reconstruir esa organización en las calles. Los esfuerzos recientes de los trabajadores de General Motors en Silao, que conquistaron un sindicato independiente tras décadas de control corporativo, o los maquiladores de Matamoros que paralizaron más de 40 plantas en 2019 imponiendo aumentos salariales desde la base, muestran que aún existe disposición a luchar. Pero falta un proyecto común que unifique esas batallas parciales en una estrategia nacional de clase. Hace falta un partido con una dirección de combate de y para los trabajadores, las mujeres, los campesinos y los jóvenes.
Ahora que nos enfrentamos a una nueva crisis capitalista, mientras que para seguir librando la guerra comercial entre EUA y China, Donald Trump amenaza con arrojar al mundo a una nueva crisis política, la clase trabajadora contamos con aún menos herramientas para luchar por nuestros intereses. No mejor demostrado por el movimiento contra el genocidio en Palestina, que marcará esta decada de la historia por lo extenso y combativo que ha sido. Pero incluso este ha encontrado dificultades por obtener victorias mas allá de que el status quo en Medio Oriente sea la eventual continuidad de este genocidio a pesar del cese al fuego. Frente a esta situación, en México la lucha de clases enfrenta una profunda contradicción mientras Morena canaliza las demandas populares y las esperanzas de un cambio por parte de nuestra clase, el avance aún ha sido limitado. Pese a la reducción de la pobreza y el incremento de los salarios en más del 100%, aún hay muchos pendientes en términos de salud, educación y vivienda. Por esto, aun cuando Morena pueda seguir siendo una alternativa electoral, no puede ser la única alternativa política para las y los trabajadores. Basta señalar la reticencia a reducir la jornada laboral a 40 horas, como ejemplo de los limitados avances y los que aún quedan por avanzar.
La realidad en México siguen siendo las negociaciones interclasistas y la propagación de personajes como Ricardo Monreal, Adan Agusto y Pedro Haces, cuyo trabajo al final sigue significando un lastre para el pueblo trabajador y por tanto una garantía para la burguesía. Si queremos victorias reales, construir una nueva sociedad y transformar la historia, necesitamos reconstruir las herramientas propias de la clase trabajadora en las calles. No como una oposición al gobierno en turno, sino como una alternativa para avanzar de manera más sólida y contundente en beneficio de nuestra clase. La historia enseña que sin organización autónoma, hasta los gobiernos “progresistas” terminan administrando las crisis capitalistas como el PT en Brasil o Syriza en Grecia. La necesidad de construir poder obrero que no dependa de los ritmos electorales ni de los acuerdos cupulares es clara.
Como decía Marx en el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores: “La clase obrera posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados.”



